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Música Clásica y ópera de Classissima

Claudio Abbado

miércoles 28 de septiembre de 2016


El Blog de Atticus

Ayer

PREMIOS HELGA DE ORO 2016. LOS GANADORES

El Blog de Atticus Los Helga de Oro 2016 ya están adjudicados. Los lectores han votado y decidido el destino definitivo de las estatuillas virtuales que premian en este blog lo mejor de la temporada operística 2015/2016 en el Palau de les Arts. Lo primero que debo hacer es agradeceros que me sigáis el rollo y hayáis vuelto a participar dejando vuestros votos en las diferentes categorías propuestas. Como siempre repito, estos premios nunca han tenido otro objetivo que el de pasar un buen rato e intentar reflejar la opinión del público de Les Arts respecto de lo visto y escuchado la temporada anterior. La producción claramente vencedora de este año ha sido A midsummer night’s dream, la ópera de Benjamin Britten que cerró la temporada pasada y que no sólo ha obtenido el premio al mejor espectáculo, sino que se ha llevado también los correspondientes a dirección escénica, mejor bajo/barítono y mejor soprano. Es decir, 4 de los 7 Helga de Oro. Los otros tres premios se han repartido entre Macbeth (mejor dirección musical y mejor mezzosoprano) y Sansón y Dalila (mejor tenor), habiendo quedado sin recompensa importantes producciones como Idomeneo o Aida. Los galardonados de este año han sido: Helga de Oro 2016 a la mejor dirección escénica: Paul Curran por A midsummer night’s dream Después de haber logrado la victoria en esta categoría durante los tres años anteriores de forma consecutiva, el actual Intendente Juanpalomo y chicoparatododel Palau de les Arts, Davide Livermore, se ha quedado esta vez sin estatuilla y se ha de conformar con el segundo puesto. El premio ha ido a parar de forma incuestionable y merecidísima al escocés Paul Curran por su excepcional trabajo en A midsummer night’s dream, una producción del Palau de les Arts que no sólo ha ofrecido la mejor labor escénica de la temporada, sino probablemente una de las mejores de la historia de este teatro. Sus grandes virtudes han sido un trabajo magistral de dirección de actores, una fuerza visual hipnótica, y un entendimiento perfecto de la obra de Britten, sabiendo recrear visual y escénicamente las diferentes atmósferas que dibuja la partitura.Paul Curran (A midsummer night’s dream):  35 votosDavide Livermore (Idomeneo): 8 votosAlexander Herold (Café Kafka): 2 votos Helga de Oro 2016 a la mejor dirección musical: Henrik Nánási por Macbeth En casi todas las categorías los ganadores han obtenido una victoria clara, destacándose desde el comienzo mismo de las votaciones. No ha sido este el caso del premio a la mejor dirección musical que ha estado reñidísimo hasta el final y se ha resuelto por apenas 2 votos de diferencia entre Henrik Nánási y Roberto Abbado. El italiano hizo un destacado y meritorio trabajo en A midsummer night’s dream, pero pienso que también en este apartado la decisión del público hace justicia premiando la espléndida dirección de Henrik Nánáside Macbeth, lo mejor sin duda de la ópera que inauguró la pasada temporada. Este año está previsto que vuelva a visitarnos el director húngaro con Werther. Esperemos que mantenga la calidad demostrada en sus anteriores subidas al podio de Les Arts.Henrik Nánási (Macbeth): 20 votosRoberto Abbado (A midsummer night’s dream): 18 votosFabio Biondi (Idomeneo): 10 votos Helga de Oro 2016 al mejor tenor: Gregory Kunde (Sansón en Sansón y Dalila) Pese a que se vio obligado a cantar lesionado en Sansón y Dalila y hubo de replantearse a última hora todo su trabajo en escena, el tenor Gregory Kunde, nos ofreció una recreación vocal para chuparse los dedos del personaje de Sansón, combinando con sabiduría lirismo y fuerza dramática, siendo el claro vencedor en la categoría al mejor tenor de la temporada. No ha estado precisamente caracterizado el año operístico pasado por la abundancia de actuaciones tenoriles dignas de reseñar, pero el rendimiento del tenor norteamericano como líder liberador de los hebreos pienso que es el justo ganador del premio. También es para Kunde el segundo puesto por su labor en Idomeneo, aunque a mucha distancia de los votos obtenidos como Sansón.Gregory Kunde (Sansón): 34 votosGregory Kunde (Idomeneo): 6 votosGiorgio Berrugi: 3 votos Helga de Oro 2016 al mejor bajo/barítono: Conal Coad (Bottom en A midsummer night’s dream) Curiosamente, también se vio obligado a cantar lesionado en las primeras funciones el ganador del Helga de Oro 2016 en el apartado de mejor bajo/barítono, el veterano neozelandés Conal Coad que nos brindó un inigualable Bottom en A midsummer night’s dream, derrochando inteligente comicidad, sin caer en exageraciones, y con autoridad vocal. Su victoria ha sido también incontestable obteniendo el mayor número de votos de todos los candidatos en todas las categorías y el mayor porcentaje (83%).Conal Coad: 36 votosAndré Heyboer: 6 votosGabriele Viviani: 1 voto Helga de Oro 2016 a la mejor soprano: Nadine Sierra (Titania en A midsummer night’s dream) Otro galardón más para la producción de A midsummer night’s dream es el correspondiente a la mejor soprano de la temporada, que ha recaído en la norteamericana Nadine Sierra, quien el año pasado fue también candidata al premio por su labor en Don Pasquale, pero se tuvo que conformar con el segundo puesto. En esta ocasión su estupenda y meritoria encarnación del papel de la reina de las hadas, Titania, en la ópera de Britten, ha sido valorada por la mayoría de los votantes; quedando en segunda posición, a no mucha distancia, la valenciana Carmen Romeu, en lo que creo que es el justo reconocimiento a un trabajo muy complicado como la Elettra de Idomeneo que solventó con calidad y profesionalidad.Nadine Sierra: 25 votosCarmen Romeu: 18 votosMaría José Siri: 4 votos Helga de Oro 2016 a la mejor mezzosoprano: Ekaterina Semenchuk (Lady Macbeth en Macbeth) No ha habido mucho suspense tampoco en la categoría del premio a la mejor mezzosoprano, donde desde el inicio se destacó claramente Ekaterina Semenchuk por su interpretación de Lady Macbeth. Posiblemente no sea la Lady Macbeth del siglo, pero en mi opinión también es justo el galardón, pues se le debe reconocer a la cantante rusa la entrega, valentía y fuerza dramática que procuró imprimir al personaje, con un fraseo no precisamente destacable por su italianidad, pero incisivo e intencionado. A bastante distancia han quedado la Dalila de Varduhi Abrahamyan y el Idamantede Monica Bacelli.Ekaterina Semenchuk: 30 votosVarduhi Abrahamyan: 10 votosMonica Bacelli: 5 votos Helga de Oro 2016 al mejor espectáculo de la temporada: A midsummer night’s dream En esta categoría he de manifestar una doble sorpresa. La primera es que si a principio de la temporada pasada hubiese tenido que apostar cuál iba a ser la ganadora, no se me hubiera ocurrido ni de lejos vaticinar que  A midsummer night’s dream iba a quedar por delante de Sansón, Aida o Idomeneo. La segunda de las sorpresas es que, una vez finalizada la temporada y visto y oído todo lo ofrecido, estaba convencido de que la victoria de la ópera de Britten en este apartado iba a ser muchísimo más contundente de lo que ha sido (65%), pues creo que caben pocas dudas acerca de que ha resultado, con mucha diferencia, la producción más redonda de todas las que han pasado por el coliseo valenciano.A midsummer night’s dream: 30 votosMacbeth: 11 votosIdomeneo: 5 votos Bueno, pues hasta aquí los premios de este año. Como siempre digo, espero que dentro de doce meses, más o menos, podamos seguir por aquí hablando de premiar lo bueno que nos ofrezca el presente ejercicio operístico que se inicia el próximo sábado, 1 de octubre, con L’Elisir d’amore que abre la pretemporada y del que ya os procuraré trasladar mis impresiones. Gracias de nuevo a todos los que habéis participado.

Ya nos queda un día menos

26 de septiembre

Bartók según Dorati: sensualidad antes que expresionismo

Gracias a una tienda de segunda mano he conseguido por un precio de risa este disco registrado por Decca en 1983 en el que el maestro de Budapest Antal Dorati se pone al frente de la Sinfónica de Detroit para interpretar dos obras de quien fuera su profesor de piano: el mismísimo Bela Bartók. Esto en principio supone un rigor absoluto en el estilo, pero tras la audición el asunto no me ha quedado tan claro: no he encontrado aquí con tanta claridad como con otros directores –pienso en un Reiner o un Solti– ese sentido rítmico tan peculiar que subraya los vínculos de este universo sonoro con el folclore magiar, ni tampoco esa incisividad tímbrica ni esa garra dramática a la que estamos acostumbrados, sino más bien un muy notable interés por la sensualidad y por el misterio que dicen cosas nuevas sobre este repertorio. Eso sí, funcionando mucho mejor en la primera de las obras incluidas en el compacto que en la segunda. Efectivamente, la versión completa del ballet El mandarín maravilloso recibe una interpretación de primer nivel, a la altura de las de Boulez, Dohnanyi, Abbado y Chailly. O casi. He comparado con la citada de Abbado, registrada tan solo un año atrás por DG, y lo cierto es que Dorati no llega a conseguir la extrema garra dramática y la trepidante inmediatez expresiva de su colega; en contrapartida, ofrece un sentido tímbrico más sensual que pone de relieve el parentesco de esta obra con el impresionismo, y alcanza quizá unos clímax más atmosféricos, densos y opresivos. Lástima que flojee un poco el final, a partir de la sección coral: la concentración y el misterio podían ser aún mayores. La interpretación de la Música para cuerdas, percusión y celesta sobresale de nuevo por un muy desarrollado sentido atmosférico, quizá más sensual que opresivo aunque no por ello menos interesante; también sabe ser refinada en las texturas y mostrarse atenta al tejido contrapuntístico. El problema es que aquí Dorati, el contrario que en el Mandarín, no solo se desentiende en exceso de las aristas tímbricas y expresivas de la partitura, sino que además no parece dominar algo tan decisivo en esta página como es el manejo de las tensiones. Así ocurre en un primer movimiento donde no se notan el “ascenso” y el “descenso” en torno al gran clímax central, y también en un movimiento conclusivo falto de empuje rítmico, de fuelle y de garra. Los centrales están mucho mejor, aunque el segundo resulte un poco laxo y en el tercero se puedan preferir enfoques más inquietantes. Disco grande a medias, en definitiva.




El Blog de Atticus

20 de septiembre

PREMIOS HELGA DE ORO 2016. LOS FINALISTAS

Muy a mi pesar cada día tengo este blog más abandonado. Casi sin darme cuenta nos encontramos ya a punto de que se inicie la pretemporada 2016/2017 en el Palau de les Arts, y todavía no se ha hecho la votación y adjudicación de las celebérrimas estatuillas Helga de Oro, esos premios ficticios que me saqué de la chistera hace 7 años, para que los lectores del blog, mediante votación, designen lo que más les ha gustado de entre lo que se ha visto y escuchado en Les Arts la temporada anterior. Al igual que hice el año pasado he preseleccionado directamente, con mi personal y discutible criterio, a tres candidatos por categoría y he optado porque no haya tampoco esta vez Helga Abucheadora, el premio que designaba lo peor de la temporada. Las encuestas para que podáis votar y elegir a los premiados de la temporada 2015/2016, se encontrarán disponibles en la columna de la derecha del blog hasta las 21 horas del próximo lunes 26 de septiembre. Si accedéis desde dispositivos móviles, para ver las encuestas posiblemente tengáis que pinchar, al final de la página, la opción “ver versión web”. Como siempre digo, podéis votar a todas o sólo a alguna de dichas categorías y, dentro de ellas, hacerlo a uno o varios candidatos, aunque es preferible que se vote tan sólo a uno. El sistema de voto está chupado y no tiene complicación, pero, como repito también todos los años, las encuestas de blogger son una defecación insertada en un palitroque y a veces hay que insistir en el voto hasta que queda contabilizado. Fijaos bien en que vuestro voto quede sumado al total. Bueno, pues este año los finalistas a los premios Helga de Oro 2016 son: Mejor dirección escénicaEn este apartado habrá que elegir entre: la vistosa puesta en escena concebida por el Intendente Davide Livermore para la producción propia del Palau de les Arts que vimos en abril de Idomeneo, convirtiendo al héroe mozartiano en un viajero espacial con referencias al cine de ciencia ficción; el ingenioso trabajo de Alexander Herold para Café Kafka, otra producción propia del Palau de les Arts, en la que la ópera de Francisco Coll fue objeto de una puesta en escena luminosa y colorida, muy ajustada a la abstracción argumental y la paleta orquestal de la obra; y la mágica y divertida propuesta del escocés Paul Curran para otra producción propia del teatro valenciano, A midsummer night’s dream, la ópera de Britten que cerró la pasada temporada, con un impecable trabajo de dirección de actores en medio de una hechizante atmósfera. Mejor dirección musicalLos tres trabajos de batuta que creo que han sido más destacados este año, son los del joven director húngaro Henrik Nánási, que cada vez que viene a Les Arts nos conquista, en esta ocasión por la claridad y equilibrio en su lectura de puro sabor verdiano del Macbeth que inauguraba la pasada temporada; Fabio Biondi, por la frescura y pulso narrativo que el director italiano nos brindó en Idomeneo, en lo que considero que ha sido su mejor labor en Les Arts hasta la fecha; y el del otro codirector titular de la casa, el también italiano Roberto Abbado, por su excelente dirección de A midsummer night’s dream, en la que supo destacar, con claridad y precisión, la variedad de colores de la partitura. Mejor TenorEn este apartado, la omnipresencia de Gregory Kunde en nuestro teatro y la escasez de otras interpretaciones especialmente relevantes, hace que tan sólo haya dos candidatos al premio de la categoría: el italiano Giorgio Berrugi, quien, pese a la brevedad del papel, destacó como Macduff en Macbeth; y, por partida doble, el ahijado de Les Arts, Gregory Kunde, quien ofreció un estupendo Sansónen Sansón y Dalila, a pesar de cantar lesionado; y fue también un relevante Idomeneo, conmovedor y emocionante. Mejor Bajo/BarítonoEn esta categoría posiblemente haya quien cuestione que no esté optando al premio Plácido Domingo por su interpretación de Macbeth, pero, independientemente de que mereciese o no por su labor la candidatura, me resisto a incluirle como barítono, porque no lo es, por mucho que cante papeles escritos para esa cuerda. Los finalistas son: el barítono francés André Heyboer, por la interpretación intensa y ajustada en estilo que brindó como Sumo Sacerdote en Sansón y Dalila; el barítono italiano Gabriele Viviani, que, pese a su cierta rudeza, fue un notable Amonasro de acentos verdianos en las funciones de Aida; y el veterano bajo neozelandés Conal Coad, que nos ofreció un divertidísimo Bottom, de voz imponente, en A midsummer night’s dream. Mejor sopranoEn este apartado no ha existido esta pasada temporada tanta competencia como en años anteriores y han sido muy escasas las interpretaciones relevantes. De entre ellas he querido destacar: a la uruguaya María José Siri, quien fue una Aida de muy buenas intenciones, aunque los resultados no fuesen exactamente los que algunos esperábamos de ella; a la soprano valenciana Carmen Romeu, que en Idomeneoconstruyó una Elettra apasionada y valiente, haciendo frente a un papel complicadísimo; y a la soprano norteamericana Nadine Sierra, quien también defendió un rol endiablado, como es el de Titania de A midsummer night’s dream, con extraordinario poderío vocal y entrega escénica. Mejor mezzosoprano En esta categoría tampoco ha habido el pasado año un exceso de opciones para elegir, no obstante he decidido que las seleccionadas que opten al premio sean: Ekaterina Semenchuk, quien en la ópera que abrió la temporada compuso una Lady Macbeth de gran poderío y presencia teatral; la mezzosoprano armenia Varduhi Abrahamyan, que debutó en diciembre el papel de Dalila en nuestro teatro con bello timbre y gran corrección, aunque no acabase de convencerme del todo; y la italiana Monica Bacelli, quien tampoco me acabó de conquistar porque esperaba más de ella en Idomeneo, pero reconozco que fue un Idamante de gran expresividad y variados matices. Mejor espectáculo de la temporadaEn este apartado, como digo siempre, se trata de premiar aquella producción que, valorada en su conjunto (dirección escénica, musical y solistas), nos haya parecido la ópera más redonda y equilibrada de las que pasaron por Les Arts. Las candidatas de 2016 a esta Helga de Oro son: Macbeth, Idomeneo yA midsummer night’s dream. Hasta aquí las candidaturas que he seleccionado este año. Ahora os toca a vosotros ir a la columna de la derecha y votar. Gracias por vuestra participación.

Ya nos queda un día menos

1 de septiembre

Liszt y Chopin por Argerich y Abbado: ardor y nerviosismo

Ya desde los primeros acorde del Concierto para piano nº 1 de Liszt, verdaderamente apabullantes, queda claro que a sus veintiséis años de edad la pianista de Buenos Aires tenía su estilo por completo definido. Toque percutivo, agilidad felina en el fraseo, absoluta limpieza digital, asombrosa capacidad para regular el sonido desde fortes atronadores hasta pianísimos cristalinos –los contrastes son marcados– y un temperamento ardiente siempre interesado por resaltar los aspectos más tempestuosos de las partituras que interpreta, pero también una dosis excesiva de nerviosismo y una clara tendencia a dejarse llevar por el mero virtuosismo. Así las cosas, este Liszt se convirte en una desconcertante sucesión de pasajes de una frescura y una electricidad de veras atrayentes con otros muy exhibicionistas, dichos de cara a la galería, trufados todos ellos con frases de una elegancia y una sensibilidad supremas. En plena sintonía con la artista, la dirección del joven Abbado –treinta y cuatro años– resulta vibrante y extrovertida, atendiendo a subrayar los rasgos mefistolélicos de la partitura pero sabiendo también descender al preciosismo bien entendido. La Orquesta Sinfónica de Londres suena con adecuada rusticidad. Este registro, que cuenta con una buena toma de sonido –mejor aún en la descarga HD, que es como yo la he escuchado– realizada por los ingenieros de Deutsche Grammophon en marzo de 1968, incluye asimismo el Concierto para piano nº 1 de Frédéric Chopin. Aunque a priori dicha página resulta menos adecuada a la exhibición de temperamento por parte de Argerich, lo cierto es que aquí los resultados son tanto o más convincentes que en Liszt, toda vez que, tras un Allegro maestoso con muchas cosas bellas pero también con más de una frase donde se echa a correr sin detenerse en matices, la artista despliega las mejores esencias chopinianas en un Larghetto desgranado no solo con exquisitez y concentración en el fraseo, sino también con verdadero vuelo poético. El movimiento conclusivo está recreado de manera angulosa y vibrante, pero de nuevo la tendencia al virtuosismo más mecanicista empaña los resultados. La dirección puede que no sea la mejor de las posibles –Andris Nelsons, con Barenboim al piano–, pero ofrece esa mezcla entre temperamento, flexibilidad e imaginación propia del primer Abbado.



Ya nos queda un día menos

27 de agosto

Mis favoritos musicales (I): directores de orquesta

Hace poco afirmaba tener unos gustos en interpretación musical muy distintos de los de aquellos críticos que pusieron a caldo, y con una mala leche muy considerable, la interpretación de las tres últimas sinfonías de Mozart por Barenboim en el Maestranza. Creo que va siendo hora de explicar cuáles son esos gustos. Los míos, quiero decir. Porque aunque este blog ha dado durante estos años buena cuenta de ellos, para el lector recién llegado puede resultar interesante saber a qué atenerse y hasta qué punto le puede resultar de utilidad lo que aquí se escriba. Y lo hago empezando por las batutas: poco a poco iré hablando de otras cosas. Ante todo, me gustan los directores-filósofos. Los que se mueven, y cito mi reseña del referido concierto de Barenboim, en el terreno "de la hipersubjetividad musical, entendiendo esto no como la decisión de ignorar lo que dice la partitura, sino la de entender la dirección de orquesta poniendo como base no necesariamente lo que sabemos sobre el compositor, sobre sus presuntas intenciones o sobre la praxis de la época, sino la pura sensibilidad personal del intérprete, su visión del arte, del ser humano e incluso de la existencia, a veces incluso el estado de ánimo en un momento concreto, pero haciéndolo a partir de las posibilidades que esconden las notas y poniendo de relieve cosas que se escondían en ellas y que, al salir a la luz, nos descubren cuánta genialidad hay en las grandes creaciones de la historia de la música". Por eso mismo considero a Wilhelm Furtwaengler el mayor genio de la dirección orquestal del que haya quedado testimonio discográfico. Puede que su técnica no fuera la mejor posible –decían los músicos que no le miraban cuando dirigía, porque sus indicaciones eran erróneas–, pero de un modo u otro conseguía transformar el hecho de la interpretación musical en una experiencia emocional y reflexiva de primerísima magnitud. Experiencia al borde del abismo en los tiempos de la II Guerra Mundial, más claramente filosófica y no poco transfigurada en los últimos años de su carrera. Y eso a costa de lo que hiciera falta, incluso pasando por encima de las indicaciones expresas del compositor. ¿Le han escuchado ustedes el Allegretto de la Séptima de Beethoven? Pocas cosas conozco en dirección orquestal tan subjetivas como estas. Y tan grandes. No duden que si Furt reviviera e hiciera esto en Sevilla, el clan de la cuerda de tripa le apedrearía. Otto Klemperer se sitúa, en principio, en el extremo opuesto. Antirromanticismo puro y duro. Adiós a la delectacion melódica. Rigor absoluto en el tempo. Negación del arrebato temperamental. Desinterés por la belleza sonora. Análisis casi científico del entramado orquestal. Y mucha mala leche. En el fondo, estamos ante una actitud tan subjetiva como la de Furt, e incluso ante una visión del ser humano no muy distinta: trágica, doliente, aunque distanciada del sufrimiento extremo gracias a una buena dosis de humor negro. En los quince últimos años de su carrera alcanzó una genialidad asombrosa. Mi segundo director favorito, desde luego. Carlo Maria Giulini.  El humanismo personificado. El legato al servicio de la más elevada inspiración poética. Belleza sonora extrema y cantabilidad suprema no eran fines en sí mismos, sino una vía para la reflexión, pero esta vez desde un punto de vista distinto al de Furt y el de Klemperer: con el italiano, el dolor se transforma en comprensión, diríase que en reconciliación del ser humano consigo mismo, en una plena asunción de nuestras virtudes y muestras miserias, en un abrazo a la vida –y a lo que pueda haber más allá– sin poner condiciones. Y efectivamente, a este señor también le importaban un pimiento las nuevas vías interpretativas: escúchese su Sinfonía 39 de Mozart con la Filarmónica de Berlín –muy en la línea de la que hizo Barenboim en el Maestranza, pero aún más lenta y densa– y repárese en cómo se puede profundizar más que nadie en las notas manteniéndose por completo a distancia de lo históricamente informado. Ni falta que hace.   No sé si clasificar a Leonard Bernstein dentro de la línea digamos filosófica. Probablemente sí, pero su filosofía fue la del goce inmediato de la vida y de la música; de las melodías, de los ritmos, de los colores, de los grandes contrastes sonoros. Asumiendo incluso que en la vida no solo hay belleza, sino también cosas grotescas, vulgares y hasta desagradables. Quizá por eso fue tan enorme intérprete de Mahler. Y todo ello haciéndolo desde la espontaneidad y desde una subjetividad absoluta, dejándose llevar por la emoción del instante y por cómo se ven las cosas en ese momento concreto, siempre desde una absoluta sinceridad emocional. O casi siempre, porque a veces se dejaba llevar por el narcisismo. Inolvidable director, en cualquier caso, muy especialmente en las dos últimas décadas de su carrera. La filosofía de Sergiu Celibidache, ya se sabe, era zen. Hablar de espiritualidad es un tópico, pero un tópico cierto. Como lo es hablar de divinas lentitudes, desmaterialización y todo eso. Muchas de sus interpretaciones resultaban discutibles, por transgresoras en lo estilístico. A veces el oyente tenía que encontrarse en unas condiciones muy especiales para asimilar lo que este señor proponía. Pero en muchas ocasiones fue genial. Y en el repertorio impresionista, único. Dicen quienes estudiaron con él que su fuerte era su manejo de la polifonía –hizo la tesis sobre Josquin des Prez–, aunque los melómanos admiramos ante todo su dominio increíble del color y, más aún, del tiempo. El tiempo que se convierte en espacio, como decía Gurnemanz. Por cierto, en el Maestranza le escuchamos en su momento una 39 de Mozart de lentitudes infinitas. ¿Qué opinarían hoy nuestros ilustres críticos?  Completo mi lista de favoritos con Daniel Barenboim. Director dramático y combativo, convencido de que la experiencia musical no solo no es una mera distracción, sino que debe exigir un esfuerzo al oyente para su pleno disfrute. En los años sesenta defendió a Mozart como artista más serio de lo que algunos retrataban en sus interpretaciones. En los setenta reivindicó a Bruckner como compositor mucho menos pío y devoto de lo que se pensaba, más lleno de rabia, de dolor, de desafío a la divinidad... En los ochenta su batuta alcanzó control y madurez, probablemente tras la singular experiencia de Tristán e Isolda en Bayreuth, y ya en el siglo XXI su arte se ha enriquecido no solo con la sabiduría que otorga la edad, sino también con una considerable apertura hacia nuevas posibilidades expresivas. Ha dejado entrar en su batuta aspectos como la ternura, la sensualidad, la nobleza, el sentido del humor... Incluso ha aligerado densidades y traído una buena dosis de luz mediterránea a sus interpretaciones. Claro heredero de Furtwaengler, cada día recuerda más al Furt de los últimos tiempos, al menos arrebatado y más reflexivo, aunque a veces da la impresión de que el espíritu de Giulini, también del Giulini más tardío, sobrevuela por su podio. Y el de Celibidache. Por descontado, hay otros directores que me apasionan. No puedo imaginar la música sin la magia sonora de Karajan, la poesía marmórea del último Karl Böhm, la naturalidad de Kubelik, la fuerza telúrica de Reiner, Solti o el primer Abbado, el desgarro de Barbirolli, la nobleza de Sir Colin Davis, la emotividad de Rostropovich, el sarcasmo de Rozhdestvensky, el empuje viril de Muti... Seguro que se me olvida alguno de los que me gustan muchísimo, aunque mis favoritos son los antedichos. No estaría completo mi autorretrato si no confesara quiénes son los que, albergando incuestionable talento, me gustan más bien poco. Toscanini es la antítesis de Furtwaengler, la negación sistemática del desarrollo orgánico del discurso horizontal, de la flexibilidad en el fraseo y de la subjetividad expresiva; le reconozco un fuego enorme a su batuta y admiro muchísimo su Falstaff, pero en general no me gusta. Como tampoco lo hacen Gardiner y Chailly –artistas que admiro mucho en otros repertorios– cuando, sobre todo en estos últimos años, se han puesto a recuperar sus maneras. De Stokoswski decían que era un mago del color. Comparto la impresión, pero también pienso que era un hortera capaz de regodearse en la más chabacana exhibición de mal gusto. Sin llegar a semejantes extremos, Levine suele hacer gala de una evidente brocha gorda. Como el inefable Gergiev, dispuesto siempre a conseguir el aplauso por la vía más fácil. El señor Norrington ha hecho un terrible daño a la interpretación musical: frivolidad, amaneramiento y cursilería elevadas a la enésima potencia, pero disfrazadas de rigor filológico. Parece mentira que engañase a alguien de tan enorme talento como Claudio Abbado –sí, el mismo Abbado que en su juventud era uno de mis favoritos–, empeñado en la última etapa de su carrera en ofrecer las sonoridades más ingrávidas y relamidas que uno se pueda imaginar: su Mozart tardío me parece detestable. Minkowski queda, finalmente, como síntesis entre las vulgaridades de unos y las ligerezas de otros.

Ya nos queda un día menos

25 de agosto

Talibanismo historicista y estilo Mozart

A estas alturas de la película, parece claro que el movimiento historicista ha aportado muchas cosas positivas a la interpretación musical, no solo al repertorio en principio más apropiado para el uso de los instrumentos originales, esto es, el que va del barroco hacia atrás, sino también a épocas más recientes, empezando por el clasicismo de Haydn y Mozart. Ha descubierto nuevos colores, renovadas maneras de articular, reveladores claroscuros, acentos insólitos y, con todo ello, nuevas posibilidades expresivas. Bravo. Pero también ha traído con él factores negativos. Uno de ellos es la confusión entre los medios y el fin, marcando como prioridad el uso de unos instrumentos, unos tempi y una articulación determinadas al tiempo que se pierde de vista la intención expresiva, es decir, la idea "detrás de las notas" que el artista, partiendo tanto del conocimiento de la estética de la época y de la personalidad del compositor como de su particular sensibilidad como intérprete, está obligado a poner de relieve para no ser un simple recreador de sonidos. Quedarse en la mera distinción entre los "históricamente informados" y los que no lo son –algunos, incluso, en lo primero en que se fijan es en el número de ejecutantes– resulta un craso error, porque el concepto interpretativo puede ser de lo más diverso. En Mozart, por ejemplo, Frans Brüggen está más cerca de Otto Klemperer que de Roger Norrington, y este a su vez lo está mucho antes de Claudio Abbado que de John Eliot Gardiner. Y este último casi podría hacer pensar en George Szell más que en su compatriota Trevor Pinnock. Otra creencia equivocada que es consecuencia del movimiento historicista –aunque no culpa de éste, sino de aquellos músicos caracterizados por su mal gusto y de aquellos aficionados perezosos de mente– es la de que ligereza sonora equivale a ligereza expresiva, e incluso a fraseo pimpante y frivolón; o de que apostar por el músculo orquestal, por los grandes arcos melódicos, por los tempi reposados y por la reflexión poética equivale a "romantizar" la interpretación. Piensan ellos que limpiar de "adherencias románticas" a Mozart equivale a algo así como quitarle las capas de mugre a la Capilla Sixtina, cuando en realidad lo que están haciendo –me refiero a los malos intérpretes, porque los hay excelentes– es restarle potencia expresiva a la partitura. El pathos y la profundidad emocional, aunque revestidos de las maneras propias de la época, son también un componente esencial del clasicismo. Negarlo supone convertir a Mozart (¡cuántas veces lo hicieron en tiempos pasados algunos de los que no habían ni oído hablar de instrumentos originales!) en una cajita de música o en un amable carrusel de melodías en el que lo más grande del autor, que no es sino su capacidad para reflexionar sobre la condición humana, se diluye por completo. Por otro lado, si en un momento dado puede parecer que aquello suena a Beethoven, no debería nadie escandalizarse: lo que hace grandes a determinados creadores, y el autor de La flauta mágica es uno de ellos, radica en buena medida en su capacidad para adelantarse a su tiempo, abrir nuevas vías expresivas y mirar hacia el futuro. ¿Qué problema hay en que el último movimiento de la Júpiter, que por algo la llamarían así, mire con descaro al poderoso mundo beethoveniano? Desdichadamente, en los últimos años se extiende una actitud intolerante que lleva a ciertos melómanos y críticos a demonizar toda propuesta interpretativa que se aleje de la praxis que ellos creen imprescindibles para acercarse a determinados repertorios. Algunos incluso llegan al extremo de descalificar de entrada a cualquier intento, en nuestros días, de abordar a un Bach o a un Haendel sin instrumentos originales y/o sin plegarse a las propuestas del historicismo. O de calificar como pesadas, mastodónticas, y fuera de estilo –wagnerianas dicen algunos, sin rubor a caer en el más risible tópico– lecturas del repertorio clásico hechas en la mejor línea de los Furtwaengler, Walter, Böhm o Bernstein, directores que –de nuevo aquí hay que fijarse en el concepto– tienen mucho que ver entre sí en lo que son las formas interpretativas, esas de la "gran tradición centroeuropea", pero poco en lo que a la idea expresiva se refiere. Lo curioso es que estos aficionados terminan siendo mucho más papistas que el Papa. Yo diría que auténticos talibanes. Porque algunas de las cabezas visibles del movimiento historicista son más tolerantes que ellos y se niegan en redondo a considerar sus propuestas como únicos modelos a seguir. Además, no confunden –como sí hacen sus ciegos admiradores– la idea expresiva con la materialización concreta de esa idea, que puede resultar de lo más diversa. Fíjense ustedes lo que sobre el Mozart de Leonard Bernstein, para algunos el colmo del "desmelene romántico" –escuchen el "wagneriano" Adagio del Concierto para clarinete que les he dejado arriba–, decía nada más y nada menos que Nikolaus Harnoncourt, un director que no podía ser más distinto al norteamericano en sus planteamientos sonoros: "Aprecio al director Bernstein como intérprete de Mozart. Sus versiones del músico de Salzburgo me han impresionado como ninguna otra. En efecto, tienen un algo más profundo que no es dado escuchar en la mayoría de las interpretaciones realizadas por otros artistas. (...) Y cuando los críticos dijero en Salzburgo que sus interpretaciones de Mozart no eran sostenibles desde el punto de vista estilístico, tuve la sensación de que estaban haciendo afirmaciones completamente injustas. Porque no hay una sola persona en el mundo que pueda decir éste es el estilo de Mozart, aquél no. Nadie puede decirlo. Y si alguien tiene una visión profunda de la obra y es capaz de interpretarla de manera convincente, entonces eso es el estilo de Mozart en este momento".Peter GRADENWITZ: Leonard Bernstein, Espasa Calpe, 1986, pp. 144-145 (las cursivas están en el original).En fin, yo seguiré disfrutando de todos los Mozart, tan variados entre sí, que me llegan emocional e intelectualmente. Los de Furtwaengler, Walter, Klemperer, Kubelik, Böhm, Solti, Giulini o el citado Bernstein; como también del Mozart de Pinnock, Koopman y Brüggen, de algunas grabaciones de Gardiner y de las iconoclastas propuestas de Harnoncourt. Del Mozart que sin duda harán los muchos grandes directores de instrumentos originales que aún están por venir. Y del sublime Mozart que hace hoy Barenboim, por descontado.

Claudio Abbado

Claudio Abbado (Junio de 1933) es un director de orquesta italiano considerado uno de los grandes del podio orquestal y lírico de la postguerra. Junto a Riccardo Muti, visto como uno de los sucesores de la tradición italiana encarnada por Arturo Toscanini y Victor de Sabata.



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